Felicidad VS. Serenidad
Siempre busqué la FELICIDAD; cuando no la encontré de manera permanente, dejé de buscarla y encontré la SERENIDAD. Y eso me dio felicidad
Javier Becerra
10/16/20264 min read


QUE PREFIERES. SER FELIZ O SERENO?
Felicidad y serenidad: la diferencia entre sentir alegría y vivir en paz
No todos los días podemos sentirnos felices. Sin embargo, podemos aprender a atravesarlos con mayor serenidad.
¿Alguna vez has sentido alegría al recibir una buena noticia, comprar algo que deseabas o reencontrarte con una persona querida? ¿Y has experimentado ese momento silencioso en el que, sin que ocurra nada extraordinario, puedes respirar y sentir que no necesitas nada más?
Ambas experiencias tienen valor, pero son diferentes. Una nos habla del disfrute; la otra, de nuestra manera de habitar la vida.
En una sociedad que nos invita constantemente a buscar la felicidad, quizá necesitamos detenernos y preguntarnos: ¿también estamos aprendiendo a vivir con serenidad?
¿Qué entendemos por felicidad?
La felicidad es una palabra amplia. Puede referirse a momentos de alegría y satisfacción, pero también a la valoración de una vida con sentido, vínculos y propósito.
En su expresión más inmediata, aparece cuando algo nos entusiasma: una conversación agradable, un logro, una comida compartida o una tarde junto a quienes amamos.
Estos momentos merecen disfrutarse. El problema surge cuando esperamos sentirnos así todo el tiempo.
La vida cambia. Hay pérdidas, desacuerdos, cansancio y días en los que nada parece salir como esperábamos. Si creemos que estar bien significa estar siempre contentos, podemos terminar juzgándonos por experimentar emociones que también forman parte de nuestra humanidad.
La tristeza no significa que hayamos fracasado en el arte de vivir.
¿Qué es la serenidad?
La serenidad es una disposición de calma que nos permite reconocer lo que sentimos sin reaccionar inmediatamente a cada emoción.
No exige tener todos los problemas resueltos. Tampoco significa dejar de sentir dolor, enojo o preocupación. Podemos estar tristes y, al mismo tiempo, encontrar cierta paz al permitirnos llorar, pedir compañía o aceptar que necesitamos tiempo.
Ser sereno no es permanecer indiferente. Es crear un espacio entre lo que ocurre y nuestra respuesta.
En ese espacio podemos preguntarnos: «¿Qué está en mis manos? ¿Qué necesito aceptar por ahora? ¿Cuál es el siguiente paso que puedo dar?».
Felicidad y serenidad en la vida cotidiana
Imagina que estás esperando una llamada importante. Cuando llega la noticia que deseabas, sientes felicidad.
Pero si la respuesta tarda, la serenidad puede ayudarte a continuar con tu día sin quedar completamente atrapado en la incertidumbre.
O piensa en una discusión con alguien cercano. La felicidad quizá esté ausente en ese momento. La serenidad puede aparecer cuando haces una pausa, escuchas y eliges expresar tu desacuerdo sin herir.
La diferencia no es que una experiencia sea superior a la otra. La felicidad y la serenidad pueden acompañarse: una nos permite celebrar; la otra puede sostenernos cuando hay poco que celebrar.
Cuando buscar felicidad se convierte en presión
A veces confundimos vivir bien con acumular momentos agradables. Buscamos una nueva compra, más reconocimiento o una experiencia que nos haga olvidar el malestar.
Disfrutar de estas cosas no tiene nada de malo. Conviene observar, sin embargo, qué esperamos de ellas.
¿Estamos eligiendo algo que enriquece nuestra vida o intentando llenar, por unas horas, un vacío que necesita atención?
Ninguna compra puede hacer por nosotros el trabajo de comprender lo que sentimos. Y ninguna vida, por atractiva que parezca desde fuera, está libre de dificultades.
Permitirnos días ordinarios, emociones incómodas y momentos de silencio también forma parte del bienestar.
Cómo abrir espacio a la serenidad
La serenidad no se obtiene por obligación ni se mantiene de manera perfecta. Podemos favorecerla con pequeños gestos cotidianos:
Reconoce lo que sientes. En lugar de exigirte estar bien, intenta nombrar tu experiencia: «Hoy estoy preocupado», «Esto me ha dolido» o «Necesito descansar».
Haz una pausa antes de responder. Ante una situación que te altera, toma unos instantes para respirar y elegir tus palabras.
Distingue entre actuar y controlar. Puedes cuidar tus decisiones y expresar tus necesidades; no puedes garantizar la reacción de los demás.
Reserva un momento sin estímulos. Beber un café sin mirar el teléfono o caminar prestando atención al entorno puede ser una forma sencilla de volver al presente.
Busca compañía cuando la necesites. Vivir con serenidad también incluye reconocer que no tenemos que resolverlo todo solos.
Estas acciones no eliminan las dificultades. Pueden ayudarnos a relacionarnos con ellas con más atención y menos dureza hacia nosotros mismos.
Aceptar también puede ser el comienzo de un cambio
Aceptar una situación significa reconocer que está ocurriendo. Desde ahí podemos decidir cómo responder.
Podemos aceptar que una relación nos lastima y establecer límites. Reconocer un error y repararlo. Admitir que estamos agotados y reorganizar nuestras prioridades.
La serenidad puede convivir con una decisión firme, con una denuncia o con la voluntad de transformar lo que consideramos injusto. La calma también puede darnos claridad para actuar.
Una vida con alegría y espacio para respirar
No necesitamos elegir entre felicidad y serenidad. Podemos disfrutar la alegría cuando llega y aprender a acompañarnos cuando se va.
Tal vez vivir con mayor conciencia empiece al dejar de pedirle a cada día que sea extraordinario. Algunas jornadas nos ofrecerán entusiasmo; otras nos pedirán paciencia, descanso o valor.
Una vida plena también necesita espacio para estar tristes, cambiar de rumbo y comenzar de nuevo.
Hoy, antes de preguntarte qué te falta para ser feliz, haz una pausa y escucha:
¿Qué necesita tu vida para tener un poco más de paz?
Te invitamos a compartir tu reflexión en los comentarios: ¿en qué momentos de tu vida has sentido verdadera serenidad?
Javier Becerra | Bio-Génesis-Natura
Bienestar físico, mental y espiritual para vivir con más conciencia.
